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Nos cambiaron el mundo mientras crecíamos: ¿qué nos tiene preparado el 2027?

La inteligencia artificial ya forma parte de la comunicación, del trabajo y también de la política. De cara a las elecciones de 2027, quienes aspiren a tomar decisiones deberán aprender a convivir con una tecnología capaz de transformar las campañas, sin olvidar que ninguna herramienta puede reemplazar el territorio, la identidad política ni el vínculo humano.

21:574 min de lectura
Andrea Galarza
Columna de opinión
Andrea Galarza
Politóloga Asesora Política

Quienes nos preparamos para tomar decisiones o para formar parte de los equipos de quienes las toman tenemos por delante un desafío enorme de cara a las próximas elecciones. A la hora de construir plataformas electorales no solamente habrá que interpretar las necesidades de la sociedad y elaborar propuestas capaces de representar al electorado: también tendremos que aprender a convivir con la inteligencia artificial.

Y es justamente allí donde aparece uno de los grandes interrogantes de nuestro tiempo. Las herramientas tecnológicas no pueden ni deben ser negadas, pero corresponde decidir qué hacer con ellas, cómo utilizarlas y cuáles serán los límites que estaremos dispuestos a establecer.

A este escenario se suma otro factor interesante: ¿quiénes tienen hoy el protagonismo en la toma de decisiones? En buena medida, adultos pertenecientes a generaciones que atravesaron una transformación tecnológica extraordinaria. Personas que conocieron un mundo completamente analógico y que hoy conviven —y compiten por el tan ansiado voto— en una sociedad atravesada por algoritmos, redes sociales e inteligencia artificial.

Las herramientas tecnológicas no pueden ni deben ser negadas, pero corresponde decidir qué hacer con ellas.

Puede parecer cómodo, práctico, económico y novedoso hacer política a través de las pantallas. Sin embargo, muchas veces alcanza con caminar una cuadra del barrio donde vivimos y preguntarles a los vecinos quiénes son sus funcionarios o quién les gustaría que fuera el próximo candidato. Las respuestas pueden ser mucho más simples de lo que imaginamos: “no lo conozco”, “son siempre los mismos” o directamente “me da igual”.

Es por eso que la inteligencia artificial abre enormes posibilidades para mejorar la comunicación, interpretar demandas sociales y producir contenidos con mayor rapidez. Pero, al mismo tiempo, plantea interrogantes sobre la autenticidad, la desinformación y los límites éticos que deberá tener la comunicación electoral.

Una campaña puede tener los mejores recursos digitales y, aun así, carecer de algo fundamental: una propuesta, una identidad y una relación genuina con la ciudadanía.

La innovación tecnológica puede convertirse en una herramienta importante, pero no debería confundirse con un sustituto de la política. Una campaña puede tener los mejores recursos digitales, videos impactantes, imágenes perfectas y una estrategia basada en datos y, aun así, carecer de algo fundamental: una propuesta, una identidad y una relación genuina con la ciudadanía.

Así como nos tocó cambiar los casetes por Spotify, las cartas escritas a mano y en papel por mensajes enviados desde una aplicación, tampoco podemos dejarlo todo en manos del algoritmo. Hacer territorio continúa siendo fundamental. Quizás los grandes actos políticos se hayan vuelto menos atractivos para buena parte de la sociedad, pero el contacto humano sigue teniendo un valor difícil de reemplazar.

La transición tecnológica no consiste solamente en incorporar nuevos dispositivos. También modifica nuestros hábitos, la manera en que nos informamos, nuestra relación con los medios y hasta la forma en que construimos nuestras opiniones.

Ya no se trata únicamente de acceder a la información. Ahora convivimos con herramientas capaces de producir textos, imágenes, voces, videos y respuestas en cuestión de segundos. Y eso vuelve a plantearnos preguntas profundas sobre el conocimiento, la creatividad, el trabajo y nuestra propia autonomía.

Nos tocó conocer un mundo en el que la información debía ser buscada y otro en el que la información llega hasta nosotros permanentemente. Aprendimos a comunicarnos antes de estar conectados las veinticuatro horas y ahora tendremos que aprender algo todavía más complejo: distinguir entre lo que una máquina puede producir y aquello que solamente las personas podemos construir colectivamente.

En definitiva, durante los próximos meses la política tendrá un rol y una responsabilidad fundamental frente a estas herramientas. El desafío no será decidir si utilizar o no la inteligencia artificial —porque probablemente ya forme parte inevitable de las campañas—, sino comprender para qué utilizarla, hasta dónde permitir que intervenga y, sobre todo, recordar que detrás de cada pantalla sigue existiendo una persona que espera ser escuchada, representada y tenida en cuenta.

Fuente: EL DATO

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